
El miedo se esconde en medio de la distracción del día, espera ansioso la llegada de la noche para visitarme. Me mira con sus ojos penetrantes, me conoce y se acerca con seguridad. Se sienta a mi izquierda y me pregunta acerca de mi día, sabe que ya me he reprimido lo suficiente como para negarme a contarle lo que me sucede.
Mientras escribo tengo su compañía, desde hace un tiempo que me acompaña cada vez que lo hago. Me pregunta si realmente sé escribir o juego a hacerlo. Si sé pensar o soy una copia de los libros que han marcado mi vida. Me compara con las personas a las que considero talentosas, porque ya saben, es una falta de respeto no crear algo del mismo nivel. A medida que pregunta, sus ojos se hacen más grandes y su sombra crece, se alimenta con cada duda que me planta.
Quise hablarle y enfrentarlo, decirle que no es bienvenido en mi vida y que se puede marchar, pero se aferra a mí, sabe que cuando estoy sola me desarmo y se cala en mi interior. No me visita cuando hay más personas a mí alrededor, para evitarme la molestia de explicar el porqué de mis inseguridades, al menos en eso es considerado, y también porque irónicamente el miedo que me asusta, se asusta con la vida.
A veces siento que tengo llanto atravesado en la vida. A veces pienso en la manera en que me hábito y aún no encuentro respuesta. Tal vez reconocerme es confuso porque hay partes de mí que no quiero aceptar. Porque encuentro belleza en la vulnerabilidad, pero no le permito al mundo verme así. Y no es que me haga la fuerte, es que mis miedos más profundos me hacen sentir diminuta, y no quiero verme así ante los ojos de nadie. No quiero la pena ajena. Ni siquiera la propia. Por eso escribo, porque no encuentro otra manera de verme a mí misma más real.
Y aun así, el miedo es hermoso, lo juro. Lo miro en el espejo y me conmueve. Es hostil, pero sabe llegar a esos lugares que ignoro por evitar la tediosa tarea de reflexionar, porque no me gusta sentarme a reparar en lo que me agobia, requiere demasiada energía y no siempre estoy dispuesta a llegar a una conclusión razonable, a veces solo quiero quejarme, desahogarme, llorar, gritar, patalear y aceptar que la mierda es mierda, sin metáforas. El miedo me observa, aunque a veces le bajo la mirada, aunque a veces se me encharcan los ojos, pero de vez en cuando, lo miro y le agradezco por llevarme a lugares en los que convierto la mierda en arte.







