El insomnio de los miedos

Foto: Dag Sundberg

El miedo se esconde en medio de la distracción del día, espera ansioso la llegada de la noche para visitarme. Me mira con sus ojos penetrantes, me conoce y se acerca con seguridad. Se sienta a mi izquierda y me pregunta acerca de mi día, sabe que ya me he reprimido lo suficiente como para negarme a contarle lo que me sucede.

Mientras escribo tengo su compañía, desde hace un tiempo que me acompaña cada vez que lo hago. Me pregunta si realmente sé escribir o juego a hacerlo. Si sé pensar o soy una copia de los libros que han marcado mi vida. Me compara con las personas a las que considero talentosas, porque ya saben, es una falta de respeto no crear algo del mismo nivel. A medida que pregunta, sus ojos se hacen más grandes y su sombra crece, se alimenta con cada duda que me planta.

Quise hablarle y enfrentarlo, decirle que no es bienvenido en mi vida y que se puede marchar, pero se aferra a mí, sabe que cuando estoy sola me desarmo y se cala en mi interior. No me visita cuando hay más personas a mí alrededor, para evitarme la molestia de explicar el porqué de mis inseguridades, al menos en eso es considerado, y también porque irónicamente el miedo que me asusta, se asusta con la vida.

A veces siento que tengo llanto atravesado en la vida. A veces pienso en la manera en que me hábito y aún no encuentro respuesta. Tal vez reconocerme es confuso porque hay partes de mí que no quiero aceptar. Porque encuentro belleza en la vulnerabilidad, pero no le permito al mundo verme así. Y no es que me haga la fuerte, es que mis miedos más profundos me hacen sentir diminuta, y no quiero verme así ante los ojos de nadie. No quiero la pena ajena. Ni siquiera la propia. Por eso escribo, porque no encuentro otra manera de verme a mí misma más real.

Y aun así, el miedo es hermoso, lo juro. Lo miro en el espejo y me conmueve. Es hostil, pero sabe llegar a esos lugares que ignoro por evitar la tediosa tarea de reflexionar, porque no me gusta sentarme a reparar en lo que me agobia, requiere demasiada energía y no siempre estoy dispuesta a llegar a una conclusión razonable, a veces solo quiero quejarme, desahogarme, llorar, gritar, patalear y aceptar que la mierda es mierda, sin metáforas. El miedo me observa, aunque a veces le bajo la mirada, aunque a veces se me encharcan los ojos, pero de vez en cuando, lo miro y le agradezco por llevarme a lugares en los que convierto la mierda en arte.

Domingo

Domingo, tú llegas y te recibo con tristeza. Discúlpame, no es que sea yo una mala anfitriona, es que tengo varios dolores que aprovechan tu visita para salir a caminar. A veces los ignoro con la esperanza de que, aquellos consejos que doy a otros, sean útiles también para mí. Pero no lo logro, hace tiempo que convivo con ellos y no son más que palabras, soluciones distantes de mí misma. No puedo evitarlo, siempre que mi mente me recuerda al espejo, no hago más que gritar por dentro. Me cuesta reconocerme y reconocer que me afecta. No necesito explicarle al mundo el porqué de mis sentires, cuando ni yo los comprendo aún.

He estado tan distante que no había pensado siquiera en escribir, a veces la pereza me abraza y me estreso sin haber dibujado la primera palabra. Porque escribir también es dibujar. Me dibujo con el rostro mirando a la nada. A veces sonriente, pero angustiado por dentro. Y no, no quisiera escribir solo sobre cosas tristes, pero es que mentir no se me da (al escribir, digo).

Alguien me dijo una vez que el miedo se disfraza de pereza. Le encontré sentido a sus palabras. Pensar de más, me lleva a sentir de más, y sentir de más, a veces me abruma. Reparo en mi vida, en mis sentimientos, en mis amores. Y por supuesto, en mis fracasos. Aquellos que me han costado lágrimas y madrugadas. Los transeúntes de mi vida. De ahí la “pereza”, que no es más que miedo de asumir la realidad.

El domingo a veces dura 48 horas, entonces le ruego que visite a alguien más; otras veces es tan corto que le pido que no se vaya, que me deje reponerme un poco más. Pero no quiere quedarse, a nadie le gustan los lugares desordenados. Difíciles de habitar. Y como es costumbre, vuelvo a ignorar mientras espero que llegue el lunes, para quejarme por algo más.

¿Qué es la libertad en el amor?

He pensado en estos días en aquello de la libertad en el amor ¿No es el amor en sí liberador? Tengo tantas confusiones, incertidumbres y miedos acumulados que a veces ni sé por dónde empezar. Y sí, siempre termino tocando el mismo tema, hablando del amor y mis visiones que, acepto, son transitorias. Pienso en lo que me gustaría recibir y lo que quiero dar. En lo bello que sería librarme de la necesidad de poseer. Ya lo dijo Sabines en “Cartas a Chepita”:

No me gustan los trámites, las fórmulas en el amor; no me gustan los compromisos, los juramentos. Si tú quieres escribirme -porque quieres escribirme- cada tres días, encantado. Si yo quiero hacerlo del diario, tanto mejor. Pero siempre la cosa espontánea y natural. Quiero ser libre dentro de esta esclavitud. Te quiero, sí, te quiero: Pero a medida de que te quiero se me van haciendo innecesarias las palabras; tengo que saber que no es indispensable el decírtelo. ¿Comprendes? Si tú no fueras tú, no diría esto. Podrías salirme con que no te quiero, con que no te comprendo, con que no soy tuyo. Pero tú tienes que ser tú, diferente, exclusiva, única.

Suena precioso ese “espontáneo y natural”, nada más bonito que cuando el corazón se le desborda a uno de querer. Cuando uno siente ese deseo de abrazar infinito, de besar con ternura, de acompañar sin hablar, de curar al otro o acompañarlo mientras se cura. Nada más bonito que mirar a los ojos y sentir como se calientan las mejillas, sentir la desnudez del otro, su sudor, su calor. Nada más bonito que el amor.

Nada más bonito que la fluidez y la libertad. Esa libertad que, aunque es un enigma para mí, me atrevo a mencionar. Tengo vagas creencias de lo que es, pero aún no la comprendo. Hemos creado un mundo en el que hasta para amar tenemos parámetros. Si te lleva flores, es un caballero. Pero si no te acompaña a casa, no te merece, ¿Merecer? ¿Cómo sé qué merezco y quién me merece? Hasta eso hemos condicionado, la forma de querer.

En medio de todas esas condiciones me encuentro yo, tratando de entender por qué me siento como me siento cuando alguien hace o deja de hacer algo por mí; por qué siento lo que siento cuando dejo de hacer algo por alguien. Y pensando en que las palabras no se las lleva el viento, se te calan en el alma, pero si no van acompañadas de acciones, pierden su valor. El amor sí se puede tocar, oler, probar, admirar. Pero también te puede confundir. Tal vez amar es aceptar al otro como es, con sus miedos, anhelos, momentos de frialdad, con aquello que no gusta del todo. Y también debe ser el entender si aquello que está en la otra persona es lo que quiero recibir, porque si la felicidad es una decisión, amar también lo es.

Y vuelvo al principio, a la nada. Me pregunto de qué depende el quedarse o irse de alguien. Siento que uno no escoge de quién enamorarse, pero sí al lado de quién estar. Cómo lo dice Sabines, ser libre en medio de la esclavitud que es el amor.

EL ESPEJO

A veces uno es manantial entre rocas y otras veces un árbol con las últimas hojas – Mario Benedetti

Me habita. No, no me habita. ¿Me gusta la persona o la idea?, ¿la idea?, ¿qué idea? En blanco. Son dadas mis palabras al viento, lo sé. Música. Ventanas, ¿has visto las ventanas que me habitan? ¡Dímelo! ¡Quiero saber! ¿Están limpias o llevan manchas? ¿Cuándo llueve las gotas caen rápido o lento? ¿De qué color es la cortina?, ¿es rosa o es amarilla? ¿Los pájaros se asoman? ¡Quiero saber!

La miro y a veces no la reconozco. Otras veces la miro, y la miro, y la vuelvo a mirar. Me gusta lo que veo. Espera… ¿y esto? ¡No, ya no me gusta! De seguro no está tan mal, pero podría verse mejor. Tal vez no me entiendas, pero es que el cabello no es tan largo y, además, ya tiene raíz. Aunque, si la miras bien, tiene una piel bonita. Es blanca y dependiendo de la situación le pueden nacer dos flores en las mejillas.

¿Será realmente bonita? ¿Tú qué piensas de ella? A veces se pierde los amaneceres con tal de dormir cinco minutos más. Le gustan los girasoles, las suculentas también, aunque no las cuida muy bien. Utiliza de contraseña libros que no ha terminado. Y que de seguro te va a recomendar, porque son buenos libros, solo que ella a veces no los termina.

Le da vuelta a los asuntos. Una, y otra, y otra vez. Piensa demasiado, al mismo tiempo es tan dispersa. Ama a los gatos, pero un poquito más a los perros, y si la pones a decidir, no podrá elegir. No le gusta limitarse. Y aun así se ha limitado tantas veces.

Ella es romántica, pero no suele dar aquello que espera recibir. Ella da porque le nace, si no le inspiras, nada que hacer. Si te cuenta lo que siente, es porque le transmites. Si no te cuenta, es porque poco le interesa que la escuches. Le gusta el amor libre, sabe que el amor ha de ser libre, pero todavía se pregunta qué es la libertad en el amor. Ella se contradice. Apenas se conoce. A veces le asusta descubrirse… ¿Qué ves tú?

22 de abril

Añoraba escribir. Lo necesitaba. Como lo he dicho anteriormente, por contradictorio que parezca, estar atiborrada de pensamientos me bloquea. No soy buena para mantener mi vida organizada como me gustaría, mucho menos lo soy con mis pensamientos para poderlos plasmar. Supongo que es algo que podré trabajar si así me lo propongo. Existencial, así soy la mayoría del tiempo. Aunque no es algo que pueda manifestar con cualquiera, necesito sentirme en confianza para expresar aquello que me angustia a las dos de la tarde, o a las tres de la mañana.

Hoy, mientras escuchaba «Something in the rain» de Rachael Yamagata, me puse a pensar en el amor. En la forma en la que lo he visto durante este tiempo. La visión que tenía antes de querer a alguien y la que tengo después de haber experimentado el gusto por alguien que no me atraía por su físico, sino por su ser. Puedo decir con seguridad que cada palabra que decía me hacía sentir diferente. Fue la primera vez que lloré por amor hasta quedarme dormida. Pero me alegró cuando lo vi feliz al lado de alguien más. Aún le guardo mucho cariño y respeto, y como me lo dio a entender en un poema que me escribió, ya nuestros caminos no se cruzarían, porque aunque así lo hicieran, caminamos por rumbos diferentes. Nos vemos diferente. Y reconozco que soy tan inexperta en el amor, que no sé con seguridad si eso era amar, o si algún día comprenda lo que hacerlo significa. Lo que aprendí, es que es posible querer a alguien con pasión y dejarlo ir.

El amor se transforma. El te quiero de hoy, no es el mismo de ayer. Es lo increíble de los sentimientos, son transitorios. Y aunque puedo llegar a ser bastante cursi, la mayoría del tiempo soy cortante. Tengo que sentir una conexión de verdad, antes de expresar algún sentimiento. A decir verdad, soy bastante odiosa cuando me lo propongo, no en el sentido literal de la palabra, pero cuando no me nace, no puedo ser amorosa con quien no lo inspira. Se supone que por lógica, así debería ser. No dices lo que no sientes. Pero he visto a personas decir “te amo” con tanta facilidad, que me cuesta creerlo. No significa que decirlo deba ser difícil, sino que no es algo que se diga por decir. Se tiene que sentir de verdad. Si bien es cierto que somos nosotros quienes complicamos la situación, me niego a creer que sea algo simple.

Encontramos también, amor en las cosas que no son cosas. No sé si les ha pasado, que van caminando y de repente sienten amor por lo que ven. Es un amor diferente, como de agradecimiento. Por lo menos yo lo he sentido mirando un árbol, un pájaro, mirando la lluvia, incluso mirando el asfalto. Me gusta sentir que camino, que puedo oler, que puedo observar. En medio de lo que vivimos hoy en día, he comenzado a apreciar más esos momentos que ahora parecen tan lejanos, ¿nunca han sentido como recarga de energía acariciar a un animal que de repente se nos acerca en la calle? Es una sensación sublime. También un poco amarga cuando no puedes llevar a tu casa a aquel ser que te recargó.

El amor se cultiva, dicen algunos. Yo lo creo. Creo también que el amor es algo mágico. No lo escoges, él te escoge a ti. Se te cala en los huesos y te cambia la vida. No puedo creer que el amor sea menos. Yo creo que te atrapa y tú lo mantienes. El amor no es visitante, es invasor. No está al alcance de nuestro entendimiento, pues cuando creemos entenderlo, nos toma vulnerables y no hay vuelta atrás.

Monólogo accidental

“Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts.”

Rayuela, Julio Cortázar.

Quienes me conocen de cerca, saben lo mucho que se me ha dificultado escribir últimamente. Estoy atiborrada de pensamientos, y por contradictorio que parezca, estar así me bloquea. No logro organizar ideas, y mucho menos plasmarlas. –Necesito, necesito, necesito… ¿Qué necesito? Ni yo misma lo sé. Poco a poco voy notando que me he ensimismado, me es difícil compartir cómo me siento, digo, como realmente me he sentido durante este tiempo. Y debo confesar que a veces quisiera llorar tan fuerte, de modo que ese llanto me limpiara por dentro. Pero no me salen las lágrimas, y tampoco encuentro un hombro seguro en el cual llorar. Tal vez no me he permitido encontrarlo.

Hoy alguien me dijo que soy hiriente. Sus palabras, aunque no sé si intencionales o al azar, me han hecho reflexionar sobre mí misma. Es que realmente es jodido analizarse a sí mismo. Es difícil. Uno no quisiera verse y descubrir que no es lo que creía. Toda la vida he anhelado tener cualidades que me hagan diferente a los demás ¿Suena infantil, no? Tan solo mi nombre y apellido me hacen diferente. Mi corazón, mi mente y mis pasiones ya me distancian de algunos y me unen a otros. Me unen, no me mezclan.

Cuando tomo el transporte público, analizo los rostros de quienes me incomodan y ocupan mi espacio vital, y me pregunto qué tipo de vida llevarán. Me pregunto si son felices o si son miserables, nadie sabe qué carga arrastra el otro, qué tan dura es su vida. En medio de esos pensamientos, concluyo que no soy la única que sufre, que soy dramática y desagradecida, pero comprendo también que aunque no está bien victimizarse, uno no debería avergonzarse por tener episodios de profunda tristeza y por sentirse agobiado.

A veces, mientras estoy en el trabajo, me pierdo viendo a las palomas y a los Mirlos. Los Mirlos, siempre me gusta seguir su vuelo, ver su negro azulado en contraste con el sol,  ver cómo levantan lo que van encontrando en el camino y les sirve de alimento, ver como abren su pico mientras se disponen a cantar. Yo lo llamo cantar, porque no soy tan afortunada como para entender su discurso. Algunas veces cantan, otras protestan, quién sabe. A lo que quiero llegar es que me cuestiono cómo me dejo conmover por el arte que habita a las aves, al mismo tiempo que lastimo a los que me rodean. Los lastimo cuando me lamento al pensar que solo a mí me afecta el vaivén de la vida, cuando no los escucho, cuando escupo palabras hirientes sin ser consciente del daño que puedo causar. Cuando los omito.

Y sí, existir a veces no resulta fácil. Nos cuesta mantenernos. Luchar contra la corriente en ocasiones, y  en otras, aprender a seguirla. Aislar los pensamientos de derrota. La vie est belle, solo necesitamos aprender a observarla desde la mirada correcta. Valorar un atardecer, aunque sea desde la ventana del Transmilenio. Hay quienes no pueden siquiera imaginarlo. Llorar cuando sea necesario, pero llorar bien, a moco tendido. Sentir la vida, sentir de verdad. Sonreír, aunque suene a cliché. Aprender a perdonar y a levantarnos. A dar un respiro a nuestra vida cuando sentimos que no damos más. Apreciar los momentos en los que podemos reír a carcajadas y aquellos en los que podemos amar, aunque a veces duela. Probablemente mañana a la mitad del día quiera mandar todo a la mierda y quiera llorar y no pueda. Pero también tendré ganas de salir a ver Los Mirlos y sentarme bajo el sol. Tendré motivos para seguir, y mientras tenga sueños e ilusiones, se mantendrá la posibilidad de florecer.   

Palabras a tientas…

La luna está hermosa, la observo desde mi orilla y noto cuan brillante es. La luna está hermosa y el corazón se quiere desbordar, solo para ver cómo se refleja en él…

Sentada en esta noche que parece solitaria, pienso en las razones por las que no me atrevo a escribir como antes ¿Será acaso, que la luna dejó de brillar para mí? Quizá esa sea la razón, pues los sentimientos son transitorios y lo que fue, no es, ni será. Sin embargo, me veo llamada a recordar las razones por las que he escrito, y noto que el amor siempre ha estado presente en mis textos, pues, no hay nada que hacer, soy una romántica empedernida…

El amor puede, incluso, salvarnos de nosotros mismos. Me gusta creer en ello. Del dolor más profundo ha de nacer la felicidad más pura, como la flor en medio del pantano. Hablar de amor me es cada vez más difícil, porque cada vez lo comprendo menos. Debo decir que antes me era sencillo opinar, dar consejos e incluso afirmar, pero a medida que pasa el tiempo me doy cuenta que es un concepto universal. Por cada corazón hay un mundo diferente.

Me pregunto si hay una manera correcta de vivir el amor y sé que no podré responder. Sé que no hay respuesta y que si la hubiese, tendría un interrogante a partir de ella. He notado la manera en que lo condicionamos sin siquiera dejarlo florecer. Siempre imaginando en lugar de dejarnos llevar, y pensando en que no podemos afirmar o comprometernos demasiado porque algún día se terminará. Pero ¿de dónde nace la necesidad de culminarlo sin haberlo intentado? En lo que al amor concierne, creo que debemos darlo todo, debemos vivirlo con cada fibra de nuestro ser, sin perder el cuidado de perdernos a nosotros mismos. Hay una delgada línea entre luchar y forzar.

Y sí, realmente me está costando escribir, no me fluyen las palabras y lo que fluye, no me gusta. Hace poco le escribí una carta a un compañero de clases (fue un ejercicio, pero escribí desde el corazón) y le conté que para escribir hay que ser sincero, hacerlo con un par de lágrimas o de tachones por página. Lo que escribimos debe ser tan parecido o tan distinto de nosotros mismos, que ya lleve toda nuestra esencia. A veces cuesta desnudar el alma y enseñarla a los demás, nos hace vulnerables, pero ser vulnerable es hermoso, demuestra que podemos sentir.

Cada vez que pienso en la manera en la que estoy llevando mi vida, comprendo un poco el porqué de mi bloqueo emocional. Una romántica que no puede escribir acerca del amor. Una amante de los animales que no puede salvarlos. Altruista, pero también cansada de ayudar. Una mujer de 21 años que vive enamorada de la idea del amor, pero que no es buena hija. Ya lo dijo Cortázar, cansa ser todo el tiempo uno mismo, y cuesta aún más no reconocerse. Me queda un camino de sueños, de esos que me mantienen en la lucha, de los que hacen brillar mi alma y mi mirada, de los que me hacen sentir como una niña. Ya vendrá el arte a mi vida, vendrá cargado de poesía que les podré contar…

Oda al perro

El perro ¡Vaya cualidades que tiene el perro! Amigo de todos, aunque no muchos le correspondan. Lleva una vida simple, lo suficientemente silenciosa como para poner patas arriba la tuya, y patas arriba es su posición favorita; quiere que le toquen la panza y tú te diviertes con ello. El perro te mira y busca la verdad en ti. Y, no miento, no hay nada como verse a uno mismo a través de su mirada.

¡Vaya vida! Quisiera ser más como el perro, aunque no sé si podría desprenderme de lo material y de la vida que llevo. Por eso lo admiro, acepta su vida y mueve la cola con cada sonrisa que recibe. Le gusta el pan, aunque si viene con salchicha, mucho mejor.

Cualquier andén es cama, aunque una cama llena de lujos, con largueros de oro, es lo que merece. El perro me alegra la vida, no lo sabe, pero me alegra la existencia. Me lo encuentro en cada esquina y sin importar la situación, mi rostro esboza una sonrisa y me cambia la voz para hablarle en diminutivo. Ojalá aprendamos a valorar sus cuatro patas y el batido de su cola, es una bendición que exista y que podamos compartir esta vida con él.

¡Qué bello ser! Maravilloso, intrigante y transparente. Intriga su pureza, la inocencia en su mirada. Sus sentimientos son reales, el perro es el mejor.

Cosas que se escuchan en Bogotá a las 5:00 p.m.

Suba, Bogotá, 5:00 pm.

I

¡Oiga, va con gente, no lleva ganado!

Vaya expresión esa, muy común también. La he escuchado un par de veces y he de decir que soy bastante distraída, pero esta frase me trae a flote. No precisamente por lo bueno, pero qué más da.

¿En qué momento el ganado dejó de sentir? Que alguien me explique, por favor. Porque querido lector, si usted tiene corazón, ha de saber que la vaca sufre, como sufre la paloma, como sufre un perro y como sufre usted.

¿Por qué asumir que un animal, por el hecho serlo, merece ser tratado con desprecio y sin piedad?

II

«Me timbra, por favor» – Con gusto, señora. Y por favor no olvide cuidar sus palabras, vaya que me puso a pensar, a cuestionarme la vida. El ganado sí siente, y aun así llegaré a casa a comer un sudado de carne o pollo. Soy peor que usted y me doy el lujo de ofenderme por lo que acaba de decir. Que sí, la vaca sí siente. El pollo también. La que no siente soy yo…

La Luna está hermosa

Camila Sierra: 12 letras, 21 años, infinidad de sueños. Sí, esa soy yo, aunque me cueste reconocerme. Una botella de agua, una mochila azul, un cuaderno, audífonos e infinidad de sueños me acompañan a diario. Encuentro en la escritura un placer que me resulta confuso, pero de gran provecho cuando me dispongo a escribir con el corazón. Cuando camino por la calle, disfruto sentir el asfalto y el viento en mi rostro, es una sensación liberadora. Ah, y nunca desperdició la oportunidad de acariciar cualquier perro que se cruce en mi camino. Por acá encontrarán uno que otro texto bien logrado, si corro con suerte ¡Buen provecho! ¡La luna está hermosa!