
Domingo, tú llegas y te recibo con tristeza. Discúlpame, no es que sea yo una mala anfitriona, es que tengo varios dolores que aprovechan tu visita para salir a caminar. A veces los ignoro con la esperanza de que, aquellos consejos que doy a otros, sean útiles también para mí. Pero no lo logro, hace tiempo que convivo con ellos y no son más que palabras, soluciones distantes de mí misma. No puedo evitarlo, siempre que mi mente me recuerda al espejo, no hago más que gritar por dentro. Me cuesta reconocerme y reconocer que me afecta. No necesito explicarle al mundo el porqué de mis sentires, cuando ni yo los comprendo aún.
He estado tan distante que no había pensado siquiera en escribir, a veces la pereza me abraza y me estreso sin haber dibujado la primera palabra. Porque escribir también es dibujar. Me dibujo con el rostro mirando a la nada. A veces sonriente, pero angustiado por dentro. Y no, no quisiera escribir solo sobre cosas tristes, pero es que mentir no se me da (al escribir, digo).
Alguien me dijo una vez que el miedo se disfraza de pereza. Le encontré sentido a sus palabras. Pensar de más, me lleva a sentir de más, y sentir de más, a veces me abruma. Reparo en mi vida, en mis sentimientos, en mis amores. Y por supuesto, en mis fracasos. Aquellos que me han costado lágrimas y madrugadas. Los transeúntes de mi vida. De ahí la “pereza”, que no es más que miedo de asumir la realidad.
El domingo a veces dura 48 horas, entonces le ruego que visite a alguien más; otras veces es tan corto que le pido que no se vaya, que me deje reponerme un poco más. Pero no quiere quedarse, a nadie le gustan los lugares desordenados. Difíciles de habitar. Y como es costumbre, vuelvo a ignorar mientras espero que llegue el lunes, para quejarme por algo más.