Monólogo accidental

“Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts.”

Rayuela, Julio Cortázar.

Quienes me conocen de cerca, saben lo mucho que se me ha dificultado escribir últimamente. Estoy atiborrada de pensamientos, y por contradictorio que parezca, estar así me bloquea. No logro organizar ideas, y mucho menos plasmarlas. –Necesito, necesito, necesito… ¿Qué necesito? Ni yo misma lo sé. Poco a poco voy notando que me he ensimismado, me es difícil compartir cómo me siento, digo, como realmente me he sentido durante este tiempo. Y debo confesar que a veces quisiera llorar tan fuerte, de modo que ese llanto me limpiara por dentro. Pero no me salen las lágrimas, y tampoco encuentro un hombro seguro en el cual llorar. Tal vez no me he permitido encontrarlo.

Hoy alguien me dijo que soy hiriente. Sus palabras, aunque no sé si intencionales o al azar, me han hecho reflexionar sobre mí misma. Es que realmente es jodido analizarse a sí mismo. Es difícil. Uno no quisiera verse y descubrir que no es lo que creía. Toda la vida he anhelado tener cualidades que me hagan diferente a los demás ¿Suena infantil, no? Tan solo mi nombre y apellido me hacen diferente. Mi corazón, mi mente y mis pasiones ya me distancian de algunos y me unen a otros. Me unen, no me mezclan.

Cuando tomo el transporte público, analizo los rostros de quienes me incomodan y ocupan mi espacio vital, y me pregunto qué tipo de vida llevarán. Me pregunto si son felices o si son miserables, nadie sabe qué carga arrastra el otro, qué tan dura es su vida. En medio de esos pensamientos, concluyo que no soy la única que sufre, que soy dramática y desagradecida, pero comprendo también que aunque no está bien victimizarse, uno no debería avergonzarse por tener episodios de profunda tristeza y por sentirse agobiado.

A veces, mientras estoy en el trabajo, me pierdo viendo a las palomas y a los Mirlos. Los Mirlos, siempre me gusta seguir su vuelo, ver su negro azulado en contraste con el sol,  ver cómo levantan lo que van encontrando en el camino y les sirve de alimento, ver como abren su pico mientras se disponen a cantar. Yo lo llamo cantar, porque no soy tan afortunada como para entender su discurso. Algunas veces cantan, otras protestan, quién sabe. A lo que quiero llegar es que me cuestiono cómo me dejo conmover por el arte que habita a las aves, al mismo tiempo que lastimo a los que me rodean. Los lastimo cuando me lamento al pensar que solo a mí me afecta el vaivén de la vida, cuando no los escucho, cuando escupo palabras hirientes sin ser consciente del daño que puedo causar. Cuando los omito.

Y sí, existir a veces no resulta fácil. Nos cuesta mantenernos. Luchar contra la corriente en ocasiones, y  en otras, aprender a seguirla. Aislar los pensamientos de derrota. La vie est belle, solo necesitamos aprender a observarla desde la mirada correcta. Valorar un atardecer, aunque sea desde la ventana del Transmilenio. Hay quienes no pueden siquiera imaginarlo. Llorar cuando sea necesario, pero llorar bien, a moco tendido. Sentir la vida, sentir de verdad. Sonreír, aunque suene a cliché. Aprender a perdonar y a levantarnos. A dar un respiro a nuestra vida cuando sentimos que no damos más. Apreciar los momentos en los que podemos reír a carcajadas y aquellos en los que podemos amar, aunque a veces duela. Probablemente mañana a la mitad del día quiera mandar todo a la mierda y quiera llorar y no pueda. Pero también tendré ganas de salir a ver Los Mirlos y sentarme bajo el sol. Tendré motivos para seguir, y mientras tenga sueños e ilusiones, se mantendrá la posibilidad de florecer.   

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